viernes, 2 de noviembre de 2018

Mi quinto evangelio.

Peregrinación a Tierra Santa (octubre 2018).


Ya he visitado o peregrinado a las tres ciudades que hay que ir en la vida: Santiago, Roma y Tierra Santa. Ahora, vuelva o no ir a esos lugares, iría siempre que Dios y los amigos quieran.

Volví a sentir miedo, pero ya me dijeron los psicólogos que tengo que salir, y como dice una frase antigua: hazlo aunque sea con miedo.

Llegamos a Nazaret, donde vivía la Virgen María y recibió la Anunciación del ángel, fuimos a Caná donde los matrimonios renovaron sus promesas, y al monte Tavor y al río Jordan donde renovamos las promesas del bautismo.

Pasamos por Cafarnaum y Magdala, donde se veía la diferencia de las ciudades, una más pobre y otra más rica.

Después fuimos al monte de las Bienaventuranzas, donde celebramos la misa y el paseo en barco por el mar de Galilea.

Pasamos al santuario del Primado de Pedro, donde van los Papas cuando empiezan su ministerio, vimos la piedra que está dentro del santuario.

Fuimos a Jericó, desde allí cogimos un teleférico para subir al monte de las tentaciones, donde hay unos pocos frailes cuidando el santuario de allí.

Luego pasamos a la tienda donde venden las cremas del mar muerto.

Nos bañamos en el mar muerto, con cuidado de no meter la cabeza, porque escuece mucho si se mete agua en los ojos. Había que bañarse o nadar boca arriba para no ahogarse. Y darse unos barros por la piel (como los barros de Murcia). Se notaba más suave la piel y el agua estaba caliente, al estar por debajo del nivel del mar, creo recordar. Cuando levantamos las piernas dentro del mar era muy difícil bajarlas, porque flotaban y las sales minerales te impedían bajarlas. Yo intentaba nadar boca arriba hacia la orilla para intentar ponerme de pie dentro del mar muerto. Recomiendan no estar dentro del agua más de 15-30 minutos, y luego ir al vestuario a ducharse con agua dulce.

Cuando fuimos a Belén, entrando y cantando villancicos en el autobús, pasando puesto fronterizo porque era territorio ocupado, y aunque quedaban pocos cristianos, el alcalde de Belén debe ser católico por ley.

Vimos el lugar donde nació Jesús, señalado por una estrella en la basílica de la Natividad, que me emocionó mucho al verlo, y besar el punto del nacimiento.

Celebramos misa allí y fuimos al Campo de los Pastores donde tenían un santuario con pinturas del nacimiento de Jesús.

Llegamos a Jerusalén, cantando la canción de misa de “... y están pisando tus umbrales Jerusalén...” y allí ya nos enseñaron todo lo demás: monte de los olivos, capilla de la Ascensión, Cenáculo (donde renovaron los curas sus promesas de sacerdocio), Ain Karen, la Visitación de la Virgen a su Prima, la dormición de la Virgen, la tumba de María, la gruta del prendimiento y el huerto de los olivos (basílica de la Agonía), en Getsemani.

La gruta del Padrenuestro, el museo de Jerusalén donde hay una maqueta grande de la ciudad.

Después fuimos al Santo Sepulcro, donde está la tumba vacía de Jesús y el calvario donde estuvo clavado Nuestro Señor, hicimos la Vía Dolorosa, que es el via-crucis que va por las calles de la ciudad vieja de Jerusalén empezando en la iglesia de la Flagelación y acabando en el Santo Sepulcro.

Salimos al muro de los lamentos y a la explanada de las mezquitas, ya no dejan entrar dentro de las mezquitas porque solo entran musulmanes para el rezo.

De allí fuimos a la piscina de Betesda donde Jesús hacía las curaciones.

En fin, mucha información y muchas cosas, como si hubiera que ir una segunda vez, para reconocer lo que vimos y nos ayude a la vida de cada uno.

Este relato son sensaciones propias, pues para explicaciones turísticas hay muchos libros, pero el quinto evangelio es propio de cada uno.

Y este es el mio: Tengo miedo y me agarro a Dios y a la Virgen, pero sobre todo me agarro a mis acompañantes peregrinos para no sentirme sola, y porque quiero ver y quiero creer que Dios que está dentro de cada uno de nosotros. Y quiero creer que cada vez que estoy acompañada de alguien, estoy acompañada de Jesús. Para que los ratos que estoy sola, pueda recordar y rezar a Dios por mi y por todos, y recapacitar lo que hago para intentar mejorar.

En fin, al igual que en Santiago, cuando llegué a la plaza del Obradoiro y salí por la puerta derecha del crismón con el omega - alfa, es decir, que acaba un camino y empieza otro con la ayuda de Dios.

Así que habrá que hacer a menudo un “omega-alfa” para liberar la cabeza de pensamientos y preocupaciones que no dejan hacer otra cosa.

Mi sensación última del viaje es que es difícil peregrinar en grupo para mí, cuando voy sola con un plano me oriento más o menos bien, pero mi asignatura pendiente es dejarme guiar o tal vez pregunto demasiado sin obtener la respuesta que deseo... saber estar y comunicar con los demás. Es como cuando bailábamos salsa, que es más fácil guiar que dejarse guiar, pero no siempre sabemos ser buenos guías. Para eso necesitamos la ayuda de Dios y saber decir lo que queremos comunicar y a quienes nos dirijamos.

Esto significa que habrá que seguir repitiendo el curso de la vida hasta que sepamos dar la vida como Jesús la dio por nosotros, y seamos llamados por el Padre para sentarnos a su derecha.

Y a seguir peregrinando por la Vida.

Amén.

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