martes, 25 de abril de 2017

PEREGRINACIÓN A FÁTIMA (22 – 23 de abril de 2017)

Como siempre y como con cualquier grupo, salí con miedo desde unos días antes del viaje, pero como me han dicho otras veces, no te eches para atrás una vez que te has apuntado, y otra frase que decía: hazlo aunque sea con miedo.

Así que fui, acompañada de mi amigo Jesucristo (JC), y por recomendación de Él y de “mi amigo” el Papa Francisco que dice que no nos encerremos que debemos salir, y así evangelizar con nuestros hechos a los demás.

El viaje en autobús siempre es cansado y largo pero estuvo entretenido: canciones varias, rosario, laudes, vísperas…

En Fátima no recuerdo ningún milagro hacia mí, es decir, no sentí nada especial, pero aprendí mucho. Aprender a convivir es continuo, nunca se termina de aprender eso, cada uno es diferente y debemos saber comportarnos y practicarlo en todas las ocasiones, a ser posible.

No conocía Fátima y me gustó mucho. Al ser peregrinación no vemos mucho como si fuéramos de turismo, pero vamos a encontrarnos con Dios lo primero. Me pareció como el Vaticano pero en más pequeño, por la forma que tiene.

Conocer la vida de los pastorcillos y visitar su casa en el Aljustrel fue emocionante. Algunas lágrimas se me cayeron al escuchar su historia.

A la vuelta siempre llevo unos días en mí el recuerdo de lo vivido y el pensamiento de qué debo hacer para mejorar mi vida siempre “mirando al Cielo pero con los pies en la tierra” (como me dijo un ex-sacerdote hace tiempo).

En definitiva, yo pienso que aunque actúe libremente, la conciencia de Dios no me deja hacer directamente lo que quiera yo, sino lo que Él quiere, o Él me permite.

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