lunes, 14 de marzo de 2011

Cosas de la vida

El rapto de la bibliotecaria.
Es la historia de una empleada de una biblioteca municipal, la cual sufre un rapto por unos malditos ladrones que quieren dinero, y a ellos, lo primero que se les ocurrió fue raptar a la bibliotecaria para pedir al Ayuntamiento una cantidad de dinero, porque sin ella no podría llevarse a cabo su trabajo, la necesitaban para poder organizar la biblioteca y realizar préstamos y difundir la información a los usuarios, los cuales se quedaban muy deprimidos con la falta de dicha persona.

Pero esta mujer era muy lista y les convenció de que era prescindible y que el Ayuntamiento no les iba a pagar nada por ella.

Además, les fomentó la lectura de diversos libros que tenían en su casa y les resultó tan agradable ese trabajo que la dejaron libre para que siguiera haciendo que todo el público se pudiera servir de la biblioteca y de sus libros.

Al igual que los distintos usuarios de la biblioteca, cuando la mujer volvió al trabajo, los mismos raptores se hicieron usuarios de dicha biblioteca. Y cada vez que entraban a ésta, pedían ver a la bibliotecaria para que les enseñara muchas cosas y recomendara otro libro que poder leer.

PD: Versión propia de “El secuestro de la bibliotecaria” de Margaret Mahy


Metáfora de los números.
El cinco. El cinco es el número más bonito. Y puedo explicar por qué. No sé si me daréis la razón, pero los argumentos son, pueden ser, bastante certeros.
El uno. Ese señor tan serio, adónde va. Parece que va siempre enfadado.
Al igual que el cuatro, otro tan serio como el anterior, con esa nariz tan grande y ese bigote debajo, que no le deja entrever ni una sonrisa.
El siete. Otro señor parecido a estos. Pero tal vez más elegante. Serio y elegante. Siempre con su pajarita, aunque a veces no se la vea. Pero va siempre impecable como si fuera todos los días a la oficina.
El ocho. Ese señorito regordete. Calvo y regordete. Esperemos que algún día adelgace un poquito.
El nueve. Cabezón. Esa cabeza tan gorda que tiene, que hace siempre que se salga con la suya.
El seis. La eterna embarazada. Me pregunto cuándo dará a luz.
El dos. Esa chula madrileña. Caminando con garbo, a la que todos los hombres se quedan mirando, y luego hay que pasar la fregona, por esas babeantes miradas.
El tres. Con esas miraditas que se echa… cualquiera se fía de él.
El cero. Otro igual que el ocho, pero más gordo todavía. Pero si parece una pelota. Pero algo más delgado que su homónima letra O, para poder diferenciarse, sobre todo cuando están juntos.

En cambio, el cinco, ese joven sonriente. Siempre está en el medio poniendo paz. Se lleva bien con todo el mundo, es tan virtuoso con todo lo que hace, a todos les parece bien. Tan virtuoso, tan agradable, si es que “en el medio está la virtud”.


Correr y reír.
Las endorfinas: ese tonto que ríe o corre, es lo que piensan algunos cuando ven a alguien así por la calle, pero gracias a las endorfinas que genera se sienta bien.


Somos todos iguales, todos tenemos miedo.
Si me han acosado en el colegio y nadie decía nada ¿por qué ahora sí lo dicen de los demás?
Nade me quiere, sólo Dios me quiere, es el único que me ayuda. Los demás (la gente de la calle, conocidos, nunca amigos, éstos NO EXISTEN) sólo lo hacen por obligación, por sentirse bien ellos o por egoísmo propio.


Gütenberg, Lope de Vega, Quevedo…
han hecho lo que han querido, y no debo tenerles lástima (Cyrano de Bergerac). Y acaban protegidos por la Iglesia. Lo que significa que todos aquellos que hacen lo que quieren y están en contra de la Iglesia, ésta les sigue ayudando. Actualmente, es lo mismo, si toda la gente que se considera atea o agnóstica o simplemente no practicante, si se atreve a pedir ayuda a la Iglesia, ésta no se la niega, entonces, por qué cuando pueden no ayudan ellos a la Iglesia.